viernes, 3 diciembre 2021
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La notable fuerza de Juan Martín «El Empecinado»

Lucio Doncel

El mundo del deporte tan superprofesionalizado que vivimos hoy en día nos deja cada vez marcas más sorprendentes, registros que hace no tanto nos habrían parecido no solo imposibles, sino absolutamente increíbles. Pero si repasamos el día a día de prácticas no tan multitudinarias como el deporte rural o incluso el de las tradiciones que han llegado a nosotros, nos encontramos gestas de fuerza que, si bien no podemos darle tanto crédito como a esos récords estrictamente homologados por las federaciones deportivas, también nos dejan con la boca abierta. Es cierto que desde la óptica actual muchas de estas historias son cuestionables, pero creo que merece la pena dejar que nuestra imaginación se dispare y conocer qué contaban nuestros abuelos de sus coetáneos más sobresalientes.

A Juan Martín Díez, “El Empecinado”, se le conoce especialmente por las derrotas que la partida de guerrilleros que capitaneaba infligió a las tropas napoleónicas durante la Guerra de la Independencia. El regreso a España de Fernando VII significó el inicio de la caída en desgracia de muchos de los que habían luchado por su vuelta al trono. Tras varios años de lucha fue detenido por partidarios realistas en Olmos de Peñafiel. Un proceso poco claro le condenó a la pena de muerte por ahorcamiento.

“Cuando se dio cuenta de que lo iban a subir por la escalera del cadalso, dio tan fuerte golpe con las manos, que rompió las esposas. Se tiró sobre el ayudante del batallón para arrancarle la espada, que llegó a agarrar; pero no pudo quedarse con ella porque el ayudante no se intimidó y supo resistir. Trató de escapar entonces en dirección a la Colegiata y se metió entre las filas de los soldados. La confusión fue terrible. Tocaban los tambores, corrían despavoridas las gentes sin armas y las autoridades; los sacerdotes y el verdugo se quedaron como paralizados… Por fin, los voluntarios realistas pudieron sujetarlo y lo colocaron en el mismo sitio donde estaba cuando rompió las esposas, esto es, junto a la escalera de la horca… Entonces, para evitar forcejeos y trabajos, se trajo una gruesa maroma y se ató por medio del cuerpo y así se le subió hasta el punto donde tenía que hacer su trabajo el ejecutor de la sentencia… Se dio la última orden y quedó colgado con tanta violencia que una de las alpargatas fue a parar a doscientos pasos de lejos, por encima de las gentes. Y se quedó al momento tan negro como un carbón”.

Nos estamos remontando a finales del siglo XVIII y principios del XIX, por lo que no podemos hablar de deporte; ni siquiera de aquellos juegos, como el tiro de barra, que se practicaban desde siglos atrás. Pero si repasamos el texto anterior, y aunque lo hagamos con todas las reservas, no cabe duda que nos hallamos ante un hombre realmente fuerte.

Una primera aproximación a la vida de Juan Martín Díez (Castrillo de Duero, 5-IX-1775/Roa, 20-VIII-1825) puede hacer pensar que el sobrenombre por el que fue conocido, “El Empecinado”, pudo llegarle por su testarudez, por lo complicado que era que diese su brazo a torcer. Sin embargo, la teoría más aceptada es que se trataba de un mote local por el que eran conocidos los originales de Castrillo de Duero, quienes eran llamados “los empecinados” a causa de la pecina (cieno verde de aguas en descomposición) que llevaba el río Botijas, que atraviesa el pueblo.

Pío Baroja pone en boca de Eugenio Aviraneta una descripción de “El Empecinado” que ya hace que tengamos que poner cierta atención en él:
“Era todavía joven, fornido, de pelo negro y color atezado, tipo de cavador de viña; los labios gruesos, el bigote a la rusa, unido a las patillas; la cara tosca y bravía, con la mandíbula acusada y una raya profunda que le dividía el mentón”.

No disponemos de medidas que nos permitan comparar su constitución física con la de otros colosos legendarios, pero si hemos de juzgarle por la descripción que de él hace Benito Pérez Galdós, en sus “Episodios Nacionales”, se trataba de todo un portento:

“Era D. Juan Martín un Hércules de estatura poco más que mediana, una organización hecha para la guerra, una persona de considerable fuerza muscular, un cuerpo de bronce que encerraba la energía, la actividad, la resistencia, la terquedad, el arrojo frenético del Mediodía, junto con la paciencia de la gente del Norte. Su semblante moreno amarillento, color propio de castellanos asoleados y curtidos, expresaba aquellas cualidades. Sus facciones eran más bien hermosas que feas, los ojos vivos, y el pelo, aplastado en desorden sobre la frente, se juntaba con las cejas. El bigote se unía a las pequeñas patillas, dejando la barba limpia de pelo, afeite a la rusa, que ha estado muy en boga entre guerrilleros, y que más tarde usaron Zumalacárregui y otros jefes carlistas”.

Frederick Hardman describe un hecho ocurrido tras la guerra entre España y Francia, concluida en 1795, y antes de la Guerra de la Independencia, en el que, “…demuestra su coraje y su fuerza muscular, tan extraordinaria, que probablemente no ha sido igualada por ningún hombre de su tiempo”. Iba una tarde por la carretera de Aranda de Duero llevando una carga de leña, cuando fue detenido por los alguaciles, “…pues este oficio estaba rigurosamente reglamentado por las leyes forestales de Castilla”. Fue encerrado en un corral, sin vigilancia, junto al burro con el que iba, hasta la mañana siguiente en la que acudirían para llevarle junto a las autoridades competentes.

“… Con ayuda de su navaja y a fuerza de trabajo y paciencia, logró labrar en la pared un cierto número de huecos lo bastante profundos para apoyar un pie, y por esta escalera improvisada pudo llegar hasta lo alto de la tapia. Cualquier otro hubiese saltado a tierra y huido; pero El Empecinado nunca abandona a sus amigos en la desgracia, y se propuso huir con su orejudo compañero de trabajos y de cautiverio. Después de examinar, a horcajadas sobre la pared, durante breves minutos, las condiciones del terreno, descendió al corral, cogió su faja de punto de seda, tiró al suelo a su burro y lo ató por las cuatro patas, como suele hacerse con los corderos o los ternerillos. Se echó luego el animal a la espalda, puso su cabeza entre las patas y el vientre de aquél y con esta formidable carga escaló de nuevo la pared. Una vez arriba, desató las patas del asno y con la misma faja lo hizo bajar poco a poco al otro lado. Saltó luego él mismo, montó en el paciente animal y huyó en busca de un sitio seguro en los montes próximos a su pueblo”.

¿Era tan fuerte Juan Martín “El Empecinado” como para hacer esto? Es difícil de saber y lo mejor es dejarlo al juicio de cada uno. Con estas historias me pasa lo mismo que con alguno de los récords y hazañas de fuerza que nos vienen de los primeros años del levantamiento y de los shows en salas de fiestas, que resultan cuanto menos cuestionables. La conclusión a la que llegó al final de todo, es que son tan bonitas y están tan bien contadas, que merece la pena conocerlas. Y, por qué no, también se le puede dar cierto crédito a nuestros antepasados.

Si queréis leer otras historias del mundo de la fuerza, podéis hacerlo en este libro Deportes Tradicionales de Fuerza en España (pinchando)

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