miércoles, 4 febrero 2026
spot_img
spot_img

La presión invisible de competir

Alba Sánchez
@albashezf

Desde fuera, competir parece sencillo: entrenas, sales, haces lo que sabes y aceptas el resultado. Pero quien compite sabe que no funciona así. Hay una presión que no se ve, que no aparece en las marcas ni en las clasificaciones, pero que está presente cada vez que te colocas en la línea de salida, te ajustas el material o esperas tu turno. Una presión silenciosa que acompaña incluso cuando nadie te está mirando.

Muchas veces no viene de entrenadores, rivales o del público. Viene de dentro. De esa voz que repite que tienes que hacerlo bien, que no puedes fallar, que todo el trabajo de meses se resume en unos minutos. El deportista aprende pronto a medirse por resultados y, casi sin darse cuenta, competir deja de ser solo ejecutar para convertirse en una evaluación personal constante. El error ya no es solo un error técnico, parece decir algo sobre ti.

A esto se suman las expectativas. No siempre son externas; de hecho, suelen ser propias. Expectativas construidas con sacrificio, renuncias y horas de esfuerzo invisible. Has invertido tanto que fallar se siente como perder algo más que una competición. Aparece el miedo a decepcionar, a no estar a la altura, a confirmar dudas que ni siquiera sabías que tenías. El cuerpo se tensa y la mente entra en alerta.

Durante la competición, el cuerpo intenta rendir mientras la cabeza no para de analizar. Cada gesto, cada fallo, cada sensación se interpreta al momento. El diálogo interno rara vez es amable. Más bien es exigente, duro y poco paciente. Y eso pesa. Muchas veces no es falta de preparación física ni técnica, sino un exceso de presión mental lo que bloquea el rendimiento.

En algunos momentos, competir se transforma en demostrar. Demostrar que vales, que mereces estar ahí, que no fue casualidad llegar hasta ese nivel. Entonces el foco deja de estar en hacer y pasa a estar en justificar. El error se vive como una amenaza y el disfrute desaparece sin que te des cuenta. Competir deja de ser un reto y se convierte en una carga.

Curiosamente, no siempre es el ruido lo que genera más presión. A veces es el silencio. La sensación de que nadie ve el trabajo diario, pero todos miran el resultado final. Un solo día parece tener más peso que meses de constancia. Eso hace que cada competición se viva con una intensidad emocional difícil de sostener.

Hablar de esta presión no es debilidad. Es realidad. Competir implica exponerse, y exponerse siempre genera vulnerabilidad. El problema es cuando se normaliza aguantar sin entender lo que pasa por dentro, cuando se asume que sentir esta carga es parte obligatoria del camino y no algo que se pueda aprender a gestionar.

La presión no se elimina, pero se puede cambiar la relación con ella. Cuando el foco vuelve al proceso, al gesto, al momento presente, pierde fuerza. No desaparece, pero deja de dirigirlo todo. Exigirse forma parte del deporte; castigarse no debería.

Porque competir no define quién eres. Solo muestra lo que has hecho ese día. Y entender eso, a veces, libera más que cualquier resultado.

 

spot_img