Alba Sánchez
@albashezf
El dulce nos gusta. Mucho. No es una debilidad ni falta de fuerza de voluntad: nuestro cerebro está diseñado para buscar azúcar. Durante miles de años fue una fuente rápida de energía y supervivencia. El problema es que hoy el contexto ha cambiado… y nuestro cerebro no se ha actualizado al mismo ritmo.
En la actualidad, el azúcar y los edulcorantes están por todas partes: refrescos, yogures “light”, barritas, cereales, salsas, bebidas energéticas e incluso productos que no consideraríamos dulces. ¿Qué efecto tiene todo esto en nuestra mente, en nuestro estado de ánimo y en nuestra forma de comer?
El azúcar y el sistema de recompensa
Cuando comemos algo azucarado, el cerebro libera dopamina, un neurotransmisor relacionado con el placer y la motivación. Es el mismo sistema que se activa con otras experiencias gratificantes, como recibir un mensaje bonito o escuchar una canción que nos encanta.
El problema aparece cuando este estímulo se repite constantemente.
Cuanto más azúcar consumimos:
- menos sensibles nos volvemos a ese placer
- necesitamos más cantidad para sentir lo mismo
- y se refuerza el deseo de repetir
No es adicción en el sentido clásico, pero sí un aprendizaje cerebral muy potente. El cerebro aprende rápido qué le da placer… y lo pide una y otra vez.
Altibajos emocionales y mentales
El azúcar no solo afecta al placer, también a la estabilidad emocional.
Después de un consumo elevado de azúcar suele aparecer:
- subida rápida de energía
- sensación momentánea de bienestar
- y, poco después, bajón, cansancio, niebla mental o irritabilidad
Este vaivén afecta a la concentración, al humor y a la capacidad de tomar decisiones. Muchas personas describen sentirse más ansiosas o más “desbordadas” cuando su alimentación es rica en azúcares simples, aunque no siempre lo relacionan directamente.
¿Y los edulcorantes? ¿Son una solución?
Durante años se han presentado como la alternativa perfecta: dulces sin calorías, sin culpa y sin efectos negativos. Pero la relación entre edulcorantes y cerebro es más compleja de lo que parece.
El cerebro espera una recompensa energética cuando percibe sabor dulce. Si esa energía no llega (como ocurre con muchos edulcorantes), se produce una especie de desajuste. El resultado puede ser:
- aumento del apetito posteriormente
- más ganas de dulce a lo largo del día
- dificultad para regular el hambre real
Además, el sabor dulce constante —aunque no tenga azúcar— mantiene activo el deseo, en lugar de ayudar a reducirlo.
Dulce no es solo una cuestión de calorías
Uno de los errores más comunes es pensar que el problema del azúcar es únicamente el peso corporal. Pero el impacto va mucho más allá.
El cerebro:
- aprende por repetición
- se adapta a estímulos intensos
- y pierde sensibilidad cuando todo es “hiperpalatable”
Cuando estamos acostumbrados a sabores muy dulces, los alimentos naturales pueden parecernos insípidos. No porque no sepan bien, sino porque el cerebro está sobreestimulado.
La relación con el estrés y el sistema nervioso
En momentos de estrés, el cuerpo busca alivio rápido. El azúcar y los productos dulces ofrecen una sensación inmediata de calma, aunque sea breve. Por eso muchas personas recurren a ellos cuando están cansadas, nerviosas o emocionalmente saturadas.
El problema es que este alivio es temporal y, a medio plazo, puede aumentar la desregulación del sistema nervioso, creando un círculo difícil de romper: estrés → dulce → bajón → más estrés.
¿Significa esto que hay que eliminar el dulce?
No. Y este punto es importante.
El cerebro también responde muy mal a la prohibición absoluta. Cuando algo se convierte en “tabú”, suele ganar poder. La clave no está en eliminar, sino en reeducar el paladar y el sistema de recompensa.
Algunas ideas sencillas:
- reducir la exposición constante al sabor dulce
- priorizar alimentos que aporten saciedad real
- permitir el dulce de forma consciente, no automática
- observar cómo te sientes después, no solo durante
Con el tiempo, el cerebro se adapta. Lo que antes parecía poco dulce, empieza a ser suficiente.
Comer dulce con más conciencia
Entender cómo funciona el cerebro cambia la forma de relacionarnos con la comida. El objetivo no es controlar, sino comprender. Cuando sabes que tu deseo no es un fallo personal, sino un mecanismo aprendido, es más fácil tomar decisiones desde la calma y no desde la culpa.
Al final, no se trata de demonizar el azúcar ni idealizar los edulcorantes, sino de recordar algo básico: lo que comes no solo alimenta tu cuerpo, también educa a tu cerebro.
Y ese aprendizaje, poco a poco, se puede transformar.




