martes, 27 enero 2026
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Dietas virales: cuando TikTok e Instagram deciden qué comemos

Alba Sánchez
@albashezf

Abrir TikTok o Instagram y no encontrarse con un video sobre dietas es casi imposible. Ayunos prolongados, “qué como en un día”, retos para bajar de peso en siete días o recetas milagro se repiten una y otra vez en la pantalla. Las dietas virales se han convertido en uno de los contenidos más consumidos en redes sociales, especialmente entre jóvenes. El problema no es hablar de alimentación, sino cómo se hace y quién lo hace.

Muchas de estas dietas se presentan como soluciones rápidas y universales. Prometen resultados visibles en pocos días, con mensajes simples y atractivos: eliminar grupos completos de alimentos, consumir solo líquidos durante semanas o basar la alimentación en uno o dos productos “estrella”. El algoritmo hace el resto: cuanto más extremo o llamativo es el mensaje, más se difunde.

El principal riesgo de estas dietas virales es que no están pensadas para la diversidad de cuerpos, edades, estados de salud y estilos de vida. No existe una dieta que funcione igual para todo el mundo. Sin embargo, en redes sociales se transmite la idea de que si no da resultados, el problema es la persona y no el método. Esto genera frustración, culpa y una relación poco saludable con la comida.

Otro punto crítico es quién comunica. La mayoría de los contenidos virales sobre nutrición no provienen de profesionales de la salud, sino de influencers sin formación específica. Muchas veces hablan desde su experiencia personal, lo cual no es negativo en sí mismo, pero se presenta como una verdad absoluta. Que algo le haya funcionado a una persona no significa que sea seguro ni recomendable para el resto.

Además, las dietas virales suelen ignorar el impacto a largo plazo. Las restricciones severas pueden provocar déficits nutricionales, pérdida de masa muscular, alteraciones hormonales y el conocido “efecto rebote”, en el que el peso perdido se recupera rápidamente, a veces en mayor cantidad. A esto se suma el impacto psicológico: obsesión con las calorías, miedo a ciertos alimentos y ansiedad al comer.

Las redes sociales también refuerzan estándares corporales irreales. Los cuerpos que se muestran como resultado del “éxito” de estas dietas suelen responder a ideales estéticos muy específicos, muchas veces editados o filtrados. Esto fomenta la comparación constante y la insatisfacción corporal, un factor de riesgo especialmente alto en adolescentes.

No se puede ignorar el componente comercial. Detrás de muchas dietas virales hay intereses económicos: suplementos, batidos, planes personalizados o asesorías pagadas. El mensaje de “esto cambió mi vida” suele ir acompañado, de forma explícita o no, de un producto a la venta. La línea entre consejo y publicidad se vuelve cada vez más difusa.

 

Esto no significa que las redes sociales sean enemigas de la nutrición. Bien utilizadas, pueden ser una herramienta poderosa para divulgar información útil y fomentar hábitos saludables. El problema aparece cuando el contenido se simplifica en exceso, se exageran resultados o se transmite la idea de que comer sano debe ser extremo, restrictivo o estéticamente perfecto.

Frente a la avalancha de dietas virales, la clave está en el pensamiento crítico: desconfiar de las soluciones rápidas, recordar que la alimentación saludable no se basa en prohibiciones absolutas y entender que cuidar la salud es un proceso a largo plazo. Comer bien no debería ser una moda que dura lo que dura un video viral, sino una decisión informada y sostenible en el tiempo.

 

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